Busco emociones contándoles mis historias, las que me cuentan y las que imagino.

27 julio, 2010

"Hasta que lo Pierdes" I


Desnudo al amanecer, su cuerpo yacía desparramado en un hotel no muy lujoso. La cabeza de Gonzalo resonaba al sonido musical de la noche anterior. A su lado, una joven mujer, extenuada y satisfecha con la faena sexual. No recordaba su nombre, ni se esforzó por saberlo. A instantes de levantarse, recordó que no estaba en casa. Tomó el teléfono móvil, dos llamadas  y asunto resuelto: para todos, él estuvo en la casa de su mejor amigo, Mario.
Tres horas más tarde, con el cuerpo limpio y anteojos de sol, su cabeza aún zumbaba como la danza de una abeja africana vagando por sus sienes, contaminando el aire. Las clases de Econometría fueron la canción de cuna que lo introdujo en el sueño más profundo desde su asiento. El profesor acostumbrado a ese ritual, lo dejó en paz. Camino a cafetería, Gonzalo vio venir a Thalía, compañera del último ciclo de la universidad. Además de esbelta y guapa, Thalía sabía conseguir lo que quería y no se reprimía en absoluto. Cargaba una fama de superficial como sus amigas, pero lo asumía con sutil indiferencia. Rechazó varios chicos todo el tiempo, y aunque tuvo citas nada serias con algunos tipos, sentía a veces una necesidad natural de enamorarse alguna vez. Desde que empezó a llevar cursos con Gonzalo, ella sintió una rara y casi obsesiva atracción por él: trataba siempre de incluirse en sus grupos de trabajo, se sentaba muy cerca, lo llamaba al móvil con identificación desconocida sólo para escuchar su voz, tanto, que en sus contactos tenía dos cuentas del número de Gonzalo, uno con el número corriente y el otro con el código previo para llamadas anónimas. Sin embargo, para Gonzalo, Thalía era de las mujeres que los hombres sólo desean tener para pasearlas de la mano por los mejores bares, discotecas y playas; para alborotar las hormonas y envidia de todos los hombres semilobos presentes. Y era muy cierto; cuando se arreglaba para las noches, su cabello castaño radiaba, su figura parecía de modelo, con dos nalgas bien torneadas y su rostro era un imán efectivo para ambos géneros.
Cuando todos banqueaban en el break y ella caminando por el pasillo del campus a paso pasarela, Mario siempre refería alborotado: ¡Qué rica que está Thalía, concha su madre!, ¿no, Gonza? Lo malo que es medio cojuda –ríe a la vez–, pero normal, está para comérsela con todo y zapatos.
Gonzalo sólo sonría con ese tipo de comentarios porque ella no tenía para él esa actitud directa y mañosa, ese tipo de chica con las que el acostumbra tratar. La consideró una chica coqueta como muchas con las que estudia. Por algo era conocida como la típica “calienta huevos”, que les gusta tener hombres detrás sin que eso signifique corresponderle a cada uno. Deja entrar alborotando las ansias de los incautos, pero afloja al final. Pero con Gonzalo era algo muy diferente, una actitud amigable con ánimos más emocionales.
Además, Gonzalo no se arriesgaba: un pequeño rose y el suceso correría más rápido que de inmediato por las bocas y oídos de todas sus amigas y demás.
   ¿Y esa carita de resaca?– preguntó Thalía, esforzándose por poner la mejor cara de chica buena y cariñosa cuando ya estaba en frente. Gonzalo acostumbrado a sus mañas e insinuadas, le respondió aún con cara de zombi y con sarcasmo:
   Es la de siempre, no tengo otra –respondió haciendo un leve levantamiento de labios que en vez de sonrisa, parecía una mueca.
Todos en la universidad sabían tácitamente que Thalía moría por estar con Gonzalo, de una manera seria y legal, sin embargo, no rechazaría en absoluto un fugaz y repentino beso. Mario incontablemente trató de convencerlo para darle curso. De sólo escuchar la historia de una aventura  con Thalía, estaría satisfecho.
Thalía ríe, disimulando su vergüenza ante la respuesta medio burlona y sigue haciéndole preguntas triviales. Él, sólo tiene ganas de hidratarse. Caminaron juntos hacia una mesa. En fin, Thalía nunca le hizo algo malo como para rechazar su compañía.
No habían sido buenos días para Gonzalo. Sus padres no cesaban de fastidiarlo por sus amanecidas en noches de juergas. «Crees que esta casa es un hotel», le repetía siempre su padre cuando lo veía llegar con el sol tras una borrachera, sus notas de la universidad cayeron en caida libre.
Luisiana, su enamorada, le reprochaba cada vez más sobre los chismes que debía digerir de la gente que le manifiesta a vivas voces que él es un mujeriego y que ella una cornuda. Sus amigas se esforzaban por ser cada vez más impetuosas y detallosas para abrirle los ojos. Era común en la habitación de Patty, su mejor amiga, que todas se atrincheren a un lado de la cama; Luisiana al otro extremo, escuchando los consejos y carajeadas. «Termina con él, huevona; tú mereces estar con alguien mejor», le decía siempre una de ellas. «Ustedes no saben nada», terminaba sentenciando ella, después de levantarse de la cama y cambiar de tema.
Si Luisiana no se atrevía a terminar con Gonzalo era por temor a sentirse sola y botar al tacho un año de relación, que en un principio fue de maravilla: recibía muchas atenciones de Gonzalo, almorzaban juntos, veían películas en el cine y en su casa,  veraneaban juntos, era llevada a las reuniones familiares, y muchas cosas que demostraban el buen interés de Gonzalo con la relación. Era su primer enamorado formal a sus dieciocho años. Ella les presentó a sus padres un domingo en familia junto a su montón de primas. Gonzalo obviamente imaginó cogiéndose a más de una. Pero la razón más fuerte para Luisiana era el hecho de que con él fue su primera vez. Eso para ella significaba demasiado como para tomarlo ligeramente. Ella no se veía jamás dejándose tocar por otro patín que no fuera Gonzalo. Sin embargo, era consciente que dicha relación ya no era un cuento de hadas como al principio y como trataba de hacer creer a sus amigas. Se estaba convirtiendo ya casi en una tragedia que incluía roces físicos y miradas rencorosas con las amigas cariñosas  de Gonzalo.
Gonzalo hecho un cínico nunca aceptó nada que lo deje mal parado y se preocupó por no quedar expuesto a sus travesuras. Se excusaba diciendo que a todos les jodía que estuviese con una chica como ella o con cualquier otra mentirita barata e improvisada. Sabía que Luisiana no se esforzaría por seguir discutiendo, y si lo hacía, Gonzalo fingiría estar molesto, dar media vuelta para irse y ella lo detendría. Lo raro era que Gonzalo se emocionaba y sinceraba cuando hablaba de su relación con otras personas, decía maravillas de Luisiana, a veces actuaba celoso y hasta se le hizo costumbre las conversaciones hasta el amanecer por el celular, hablando zonceras; pero nadie, ni él,  entendía porque siempre tuvo esa disponibilidad por engañarla en cualquier momento.
Por entonces, Gonzalo ya empezaba a sentir ciertos aires de soledad, sintiendo que cada vez tiene menos amigos, amigos de verdad; que todas las personas en rededor son gente que él define como patas, a quienes llama para una juerga, un tono o reunión; más no de los confidentes con quienes desahogar sus problemas. Las amigas de su novia, que al principio fueron sus amigas, también le dirigían la palabra sólo para preguntar de un curso o algún tema únicamente académico, nada que se acercara a lo amical. No sabía qué pensar y menos qué hacer. Nunca había sentido esas complicaciones.
A pesar que Thalía tenía bien definido su interés por Gonzalo; nunca pensó en entrometerse en la relación con Luisiana, ni mucho menos meterse en sus asuntos personales. Ella se limitó a mostrarle solamente insinuadas declaraciones de cariño, fugaces y unilaterales. Para ella, algún día sus mañas harían efecto y Gonzalo la buscaría. En sus momentos de alcohol junto a sus amigas donde se reunían a contar sus aventuras y desventuras amorosas, en tono feminista; frases como «todos los hombres son unos pendejos», «todos son iguales», «mejor estar sola»; son el himno de sus reuniones chupísticas. Contrariamente Thalía en esos momentos etílicos, sentía la ausencia de su amado Gonzalo, deseos de tenerlo cerca, de abrazarlo.
Aún sin esas malas intenciones en la relación, ella no se midió en la cafetería de la universidad estando al lado de Gonzalo que no dejaba de mostrar su sonrisa-mueca y tomar a pico de la botella de agua sin gas.
Thalía acercó su pálida mano para sobarle el cuero cabelludo y darle un inofensivo masaje. «Te ves hasta las patas, Gonza», le dijo cariñosa. Mientras él se sentía de maravilla con el rose de las yemas de los dedos, suaves y tibias, para Thalía era su mejor momento. Al parecer todo transcurriría con normalidad hasta que por mala suerte o destino, Luisiana entró a paso ligero acompañada de dos amigas a la cafetería. Se asustó cuando estas en coro le dijeron al oído: «Luisiana, mira a Gonzalo».
Continúa...

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