Busco emociones contándoles mis historias, las que me cuentan y las que imagino.

27 julio, 2010

"Hasta que lo Pierdes" II


Gonzalo volaba con el masaje hasta el momento en que Thalía le mencionó en voz baja: «Ahí viene tu enamorada».

Luisiana no se conocía formalmente con Thalía, pero sabía, como todos, que algo quería con su enamorado. Gonzalo reaccionó mentalmente ensayando que decirle sobre la noche anterior, mas su cuerpo padeció inerte en la silla con la cabeza gacha y los brazos cruzados. Luisiana, que no es de hacer escándalos, no dirigió palabra alguna hacia Thalía, que se retiraba donde sus amigas, muda pero sin huir; siempre dispuesta a enfrentar cualquier arranque que pudiese tener Luisiana en su contra.
Lo tomó del brazo y le pidió con seriedad que conversar a un lado. Ya lejos de la cafetería, con voz de molesta, pero sin gritar, Luisiana le enfrentó.
   ¿Dónde estuviste ayer que no contestabas el celular toda la noche? Te he llamado unas veinte veces como zonza– le interrogó, conteniendo el aliento.
A Gonzalo prácticamente se le quitó la resaca y replicó sorprendido y en tono dulce.
   ¿Qué pasa, amor? ¿Por qué me hablas así? –dijo él e intentó levantarse lo lentes de sol, pero recordó que su cara de resaca no podía ser vista y se detuvo.
Era cierto, ella nunca le habló de esa forma. Era una de las tantas cosas que le gustó a Gonzalo desde que la conoció, siempre conversa con frases normales, y apenas una lisura cada mil palabras. Era costumbre  que ella le hablara y escuchara siempre tímida y hasta sumisa.
   Pasa que me estoy cansando de tus huevadas, Gonzalo –siguió diciendo Luisiana–. Te he tolerado varias cosas, pero ya te estás pasando de la raya. ¿Dónde habrás estado y con quién? ¿Qué te pasa?, ¿ya no me quieres? Dime si es eso, para no estar como tonta pensando que esto puede seguir funcionando. –refutó Luisiana con la mirada fija a dónde creía ella estaban los ojos de Gonzalo.
Sus ojos comenzaron a brillar y antes de asomarse el llanto, Gonzalo interrumpió.
   Tranquilízate, amor. Ayer estuve estudiando en la casa de Mario nada más y nos quedamos jato temprano. No escuché tus llamadas. ¡Sorry, amorcito!, ¿dónde más voy a estar? –le dio un abrazo suave queriendo calmar los ánimos.
La verdad era que Gonzalo no estuvo estudiando, pero si con Mario y David en Queen’s, celebrando quien sabe qué. Antes de la cuarta ronda de cerveza, había visto al otro extremo de la barra a una chica de vestido negro, cabello oscuro y tez clara. Muy simpática pero nada extraordinario. No sabía si era lo corto del vestido o el largo rato de sus miradas, lo que hizo que reaccionara. La chica conversaba con una pareja de amigos. Como aquel amigo no tuvo muestras de ser el enamorado ni mucho menos su pareja ocasional, mantuvo quieta esa mirada directa y penetrante. No nació en él algún deseo de acercarse a conocerla, pero sí una grata satisfacción por el coqueteo. Le tocó justamente comprar la siguiente ronda las circunstancias se encargarían de acercarlo a la misteriosa chica. Alguna vez quiso entender porque le surgía como un vicio esa sensación de giliar. Siempre concluida, sin más razonamiento, que lo más probable es que sea una reacción genuina del genero masculino como le manifestaban las mujeres.
Miró a sus propios amigos y asegurando regresa pronto, se movió. Se acercó tomando el último sorbo de la cerveza y caminó hacia el lado de la barra contraria. Se acomodó junto al grupo y pidió una cajetilla de cigarros. Volvió la mirada hacia la chica sin saber cómo iniciar la conversación y para su sorpresa esta le sorprendió.
   Me prestas tu encendedor –le dijo la jovencita en tono confianzudo pero agradable.
   Claro. –respondió Gonzalo introduciendo la mano al bolsillo y ofreciéndole fuego de prisa.
Cuando al fin pudo mirarla, repentinamente su memoria fotográfica reaccionó. Recordó que la había visto conversar hacía un par de horas en Atiko con una amiga que él conocía muy bien.
   ¡Hola! –dijo Gonzalo, con voz alta y con una sonrisa verdadera–. ¿Tú eres amiga de María Julia, verdad?–. Y la mirada rara de los acompañantes no se hizo esperar. Gonzalo nunca se dejó intimidar, sólo sintió que dos objetos estaban a su lado, y más aun con algo de alcohol en la venas, le hicieron mirar a la chica como un objetivo militar.
   ¿Te refieres a Maju Mendoza, verdad? Sí, es una amiga ¿Por qué? –respondió con preguntas la delgada mujer, mostrando una ligera y falsa hostilidad ante un lanza desconocido.
   Sí, claro. A ella me refiero. Hace rato las vi en Atiko tomando unos tragos.
   ¡Ah, claro! Estuve con ella hace mucho rato, pero ya se fue. Creo que tenía clases mañana. ¿Cómo la conoces?
   ¿Maju? es mi pataza. Hemos estudiado juntos en el San Luís Gonzaga toda la secundaria.
            Ella se sintió en confianza con el comentario. Sabía ahora que tenían una amiga en común y muy cercana.
   ¿Qué te parece si conversemos un rato? –propuso Gonzalo– ¿Cuál es tu nombre?
   Claro. Normal. Podemos conversar. Me llamo Valeria y ellos son Romina y Renato.
   Yo soy Gonzalo, pero dime Gonza nomás.
Los acompañantes de Valeria, relajaron el rostro cuando Gonzalo se presentó dando la mano. Se acomodó en la barra con mucha confianza, junto a Valeria. A ella no le pareció  mala idea conocer y conversar con este chico. Se le hacía cara conocida. Está guapo, pensó mentalmente.
Después de varias cervezas y tragos, los amigos de Valeria ya se habían dado cuenta que los dos se traían algo más que conversar de una amiga en común, y tuvieron la acertada idea de alejarse un poco de ellos para dejarlos parlar. Gonzalo con más alcohol en el cuerpo ya había olvidado el nombre de Valeria y su mirada alternaba entre su boca, sus senos y caderas.
Entre el humo de los Like Strike, la conversación era fluida e interesante para los dos, un tema traía a otro, las risas no paraban. La música estaba muy fuerte, lo que favoreció el flirteo porque tenían que acercarse para escucharse, no se movían para nada, permanecían bebiendo y estirando el brazo para depositar cenizas y recoger sus cervezas. Las miradas se encendían de rato en rato. Nunca se preguntaron si tenían sendas parejas.
   ¡Qué bien que me caes!, Gonzalo
   Dime Gonza nomás. Tú también eres de puta madre.
    Qué pena que no nos conocimos antes. En fin. ¡Salud!
   Pienso lo mismo. ¡Salud!– y chocaron los vasos casi sin sonar.
   Vamos a bailar un rato. – propuso Gonzalo.
Minutos más tarde sus cuerpos danzaban a ritmo ligero en una pista de baile casi llena. Las canciones medio electrónicas no eran apropiadas para la ocasión. De pronto cambiaron el ritmo de la música y un grupo de chicas que bailaban entre ellos, muy cerca, desataron un alboroto que solo puede causar la música pachanguera. Gonzalo no era de bailar mucho, pero cambio de parecer cuando sintió culebrear a Valeria rozando cuerpo a cuerpo, pelvis con pelvis. Gonzalo la atrapó por la cintura con fuerza y se dejaron llevar por la música muy juntos. Reían cuando chocaban de casualidad las rodillas o se pisaban. Pero eso no era de importancia, la estaban pasando de maravilla.
Por ratos Gonzalo recordaba los malos momentos que pasaba en su casa, la presencia de falsos amigos y los cambios de humor que su enamorada tenía últimamente. Ese momento de éxtasis emocional en la pista de baile le venía muy bien y sus penas ya no eran muy dolorosas. Estaba anestesiado con lo divertido que era  andar con Valeria. Ningún recuerdo de conciencia podía retener el interés que Gonzalo sentía hacia ella. Se miraron ya sin reír ni dejar de bambolearse al son de la música. Gonzalo la agarró de la mano para darle una vuelta y antes de que el rostro de Valeria regresara a su vista, le entró una duda de seguir con la antesala de lo que sería una vez más un acto de infidelidad. El sólo hecho de estar ahí deseándolo, lo era; él lo sabía muy bien. No le duró mucho el momento de arrepentimiento y la besó; lentamente. Valeria le enredo las manos por el cuello y él por la cintura. Sus lenguas se empujaban suave y mutuamente, casi sin salivar. Turnaban entre el labio superior e inferior a la perfección. Después de largo rato, se miraron y sonrieron satisfechos.
Había pasado casi tres horas desde que se conocieron, cuando Gonzalo hizo caso a sus ganas de miccionar. En el baño sacó el celular del bolsillo, que estaba en vibrador, y observó doce llamadas perdidas de Luisiana. «Mañana le meto un floro», pensó para sí.
Se ubicó en el último urinario, junto a la pared. Ahora su mente sólo pensaba en el placer de su expulsión. «Qué rico que es mear, conchasumadre». De pronto escuchó una voz que lo llamaba. Cuando volteó se dio cara con el hermano menor de Patty, la mejor amiga de Luisiana, que se posicionaba en el urinario del lado. Gonzalo se muñequeo un poco por los nervios, pero quedó seguro que no dejaría ser descubierto fácilmente.
Gonzalo adoraba a Luisiana, pero sin saberlo pecaba de inocencia al sentirla de su propiedad, por eso no medía las consecuencias de cualquier mala acción que pudiese cometer. Pensaba que Luisiana siempre estaría a su lado y que todo desliz o error descubierto podía ser perdonado siempre.
Pensó rápido y miró al chiquillo de diecisiete años. Se saludaron moviendo las cejas. Ya cuando Gonzalo estaba por terminar lo miró nuevamente.
   ¡Si dices algo, te saco la mierda! –dijo furioso y sacudiéndose el miembro con vehemencia expulsando los últimos chorritos de orina queriendo demostrar virilidad y respeto ante su amenaza. Después se alejó.
El amenazado quiso asegurar como sea que no diría nada de haberlo visto, menos con una chica que no era Luisiana; mientras que Gonzalo se lavaba rápidamente las manos y el cabello.
   ¡Más te vale, huevón! –, sentenció y caminó con mirada de molesto.
Ya de retorno con Valeria, se fijó que en la discoteca no quedaba ninguno de sus amigos ni los de su acompañante.

   ¿Y tus amigos? –preguntó Gonzalo.
   Se fueron porque mañana tienen chamba, pero yo me quedo un rato más. ¿O ya tienes que irte?
Gonzalo sonrió satisfecho.
   ¿Por qué no vamos a comer algo? –sugirió Gonzalo para pulsear la situación.
Valeria estaba muy animada por las cervezas consumidas.
   Un rato más y vamos –propuso ella y le dio un piquito.
Con eso, Gonzalo ya había percibido suficientes señales y confianza para hacerle las más bajas propuestas.
Pasado los minutos, Gonzalo caminó tras Valeria, quien se dirigió al estacionamiento, sacó de una cartera rara las llaves de su auto. Sonó una pequeña alarma de un Suzuki Swift color plata que les daba la bienvenida. Subieron y salieron con rumbo aún desconocido.
   Vamos a La Choza –planteó Gonzalo.
       Ella asintió tomando la dirección del restaurante.
Ya cuando pasaban el puente Sánchez Cerro, Gonzalo bajó la música del equipo y la miró  moviendo un poco las cejas.
   ¿O mejor vamos a otro lado?
La frase “otro lado”, no era para ellos un término ambiguo; hablaban el mismo idioma y sabían de qué lugar se estaba refiriendo.
            Ella rió cómplice y después de un corto silencio.

   ¡Qué miedo contigo, Gonza! –bromeó ella queriendo evadir alguna insinuación–. Cuando lo miró descubrió que no había sido una broma –. Bueno, no sé. Me sorprende tu propuesta, pero lo podemos dejar para otro día, creo.
            Gonzalo le dio una risita sarcástica, insinuando que no estaba en su onda, que malograba el sentido de la noche, que no era de riesgos. Y Valeria debió entender el mensaje, que se puso a pensar en la idea de ir más allá con él. Hace mucho tiempo que no había estado sexualmente con alguien, desde su última relación y había olvidado esa sensación de deseo mutuo. Ella lo deseaba y no le pareció un chico común ni corriente. Le gustaba mucho y no se negaba que también lo deseaba.
   ¿Y a dónde vamos? –interrogó Valeria, rompiendo el silencio.
   No sé pues, ¿dónde? Tú eres la que conduce.
       Valeria soltó una carcajada.
   ¡Qué vivo eres!
   ¿Vivo?, desde que nací.
       Ella volvió a reír.
   Qué gracioso. Me haces reír.
   Ya encontraremos algún lugar.
       Valeria subió el volumen del equipo y aceleró. A los minutos habló.
   Por aquí me han dicho que hay un lugar chévere –mencionó Valeria simulando buscar con los ojos entre los edificios del lugar.
               Era un hotel que ella anteriormente había visto alguna vez cuando se escapaba con su exnovio, pero al cual nunca había entrado.
   Vamos a ese entonces.
            «Bien que ya debes conocerlo y te haces la loca» –pensó Gonzalo para sus adentros.
Continúa...

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