Cuando Luisiana despertó de noche en su cuarto, observó su rostro frente al espejo, sin maquillaje, ojeroso y triste. Fiel retrato de su estado de ánimo. Se recostó en la cama y fue en ese momento que sintió la ausencia de Gonzalo. No que lo extrañaba o que lo necesitaba, porque no deseaba tenerlo a su lado, pero sintió que era muy diferente andar sin él, que se había acostumbrado a tenerlo siempre cerca.
Por su parte, Gonzalo salía de quicio esperando la llamada de Luisiana para quedar en verse, conversar del asunto y volver a lo de siempre. No pudo comunicarse con ella. A lo mucho recibió respuesta por teléfono de la casa de Luisiana, donde la madre la negó por orden de ella. Como de costumbre, su rabia tenía que ser mitigada por la ingesta de un líquido elemental en su vida: el alcohol. Marcó el número de Mario.
– ¿Aló?
– Maricón, soy yo, Gonzalo ¿Dónde andas?
– ¡Broder! No te escucho bien– contestó Mario alejándose de su asiento, tapándose el otro oído y alzando la voz para ganarle al volumen de las voces y la música del lugar–. Estoy acá en Múnich haciendo unas previas, siguió gritando–. Me cansé de llamarte, zonzo. ¿Dónde mierda estabas?
– Viendo una nota. Ya te contaré ¿Con quienes estás?
– Con David, con Marco, la flaca de Marco y dos amigas de la flaca. Están más buenas las condenadas. Han venido con unas putifaldas espectaculares. ¡Vente en “one”!, compadre que falta una punta para empatarnos.
– Listo. Salgo para allá.
Mientras tanto, Patty ubicaba por el celular a Luisiana queriendo mejorarle los ánimos contándole algo que había olvidado.
– Luisiana hay un chico de la “U” que te quiere conocer –. Le informaba Patty por el teléfono.
– ¡Ay, Patty!, tú sabes que no ando para esas cosas.
– Huevona está buenazo– siguió Patty–. Alucina que se me acercó sólo para preguntarme por ti y decirme que quiere conocerte. Un tal Renzo. Bonelli creo que se apellida.
Luisiana quedó en silencio.
– ¡Tarada!, ¿me estás escuchando?
– ¿Cómo dices que se llama?– preguntó Luisiana, sonándole familiar aquel nombre.
– Renzo Bonelli. También estudia “Empresas” pero va en cuarto ciclo. Nunca lo había visto. Averigüe eso nada más.
– ¡Hum! – murmuró Luisiana sin comentar que era el chico del Facebook –. ¡Nada que ver! No me interesa conocer a nadie Patty, olvídalo. Voy a ver una pela y después a dormir. No tengo ganas de salir. Salúdame a las chicas. Mañana te llamo para ver lo del trabajo.
– Ya pues Lú, mañana nos vemos. Y ya no estés pensando en ese huevón. ¡Cómo lo odio! Ya bueno. Chau, mañosa.
– ¡Ja, ja! Chau, loca.
Luisiana, muy intrigada, entró a chequear su Facebook directo a la invitación de Renzo Bonelli.
Sana curiosidad, chisme, agrado, aburrimiento; cualquiera era razón suficiente para darse un tiempito para revisar las fotos de ese tal Renzo.
Después de pensarlo, aceptó la invitación para poder ver sus fotos, sólo había unas cuantas, parecía ser un contacto recién creado, tampoco tenían amigos en común. En las imágenes, Renzo, aunque flaco y blanquiñoso, destacaba entre la gente que lo rodeaba en las imágenes. Sus ojos grandes y marrones parecían tener vida en la pantalla de la computadora. Luisiana sintió que la estaba mirando de verdad, hasta se asustó. Finalmente no le causó demasiada impresión a pesar de parecerle guapo porque su mente aún estaba atormentada con la situación con Gonzalo como para pensar quien estaba interesado en ella. Hacía mucho que no se enteraba de algún chico que preguntara por ella. Estaba claro para todos en la universidad que Luisiana era de Gonzalo y a causa de la popular relación, no dejaba espacios para potenciales fans de Luisiana.
Rato después se aburrió y se movió al mueble de la sala, cogió el celular y mandó un mensaje de texto a Gonzalo. Ya era hora de enfrentar las cosas.
“Gonzalo, tenemos que hablar urgente. No me llames. Mañana conversamos”.
Ya en Múnich, Gonzalo compartía vasos de cerveza e innumerables cigarros al ritmo de la música ochentera que suena en el bar.
Mario tenía razón. Las chicas estaban espectaculares también para Gonzalo; pero, como nunca, él permanecía quieto, inofensivo, la mirada perdida. Fuera de lugar. Una actitud de los que a muchos etiquetó llamándolos “pavos”. Aquel mensaje de texto corto y directo de Luisiana le había abierto un mundo de numerosas posibilidades negativas en la mente.
En una ocasión normal, Gonzalo ya hubiera preguntado números de celular a las chicas, dando abrazos cariñosos por doquier, bromeando y haciendo vivas diciendo en voz alta: ¡salud!, pidiendo tragos y cervezas, promoviendo que todos ingieran alcohol copiosamente. Ahora, su cuerpo colgaba de la cabeza y su mente vagaba en recuerdos del último rato que conversó con Luisiana, tratando de adivinar que querría conversar de manera urgente con él.
– Así que tú eres el famoso Gonzalo– lo interrumpió una de las chicas.
– Eee, este… Sí, me llamo Gonzalo, pero famoso para nada. – respondió mientras se acomodó un poco en la silla, saliendo de su letargo.
– Tus amigos me han hablado de ti– siguió diciendo la chica que antes de la presencia de Gonzalo, era el violín del grupo.
– ¡Hum! No creas nada de lo que te digan ellos– respondió con los labios flojos como si le pesaran al hablar y dando un sorbo al vaso con cerveza ahora caliente.
La cara sonriente que antes dibujaba el agraciado rostro de la chica, se borró mágicamente, disminuyendo los ánimos de conocerlo.
– ¿Qué te pasa, huevas?– Le enfrentó Mario, aprovechando que las mujeres visitaban el baño–, pareces un pavo. Monseas a la gente. ¿En qué andas?
– No tengo nada, maricón. Son huevadas. Otro día te cuento.
Más tarde, la nueva amiga de Gonzalo disimulaba recibir una llamada de una supuesta prima a quien debía ir a buscar para poder llegar a su casa. Obviamente, para todos, ella zafó de Gonzalo que logró aburrirla con su actitud rara y aguafiestas.
Aunque le pareció extraño a todos, hasta para él mismo, esa noche regresó temprano a casa, sin embriagarse totalmente, y más extraño aún, no pudo dormir bien.
El encuentro que propuso Luisiana, ya el domingo, citaba en su casa aprovechando que la familia salió de compras y paseo a Catacaos.
A las diez y treinta minutos de la mañana, Gonzalo esperaba en la puerta. A Luisiana se le aceleró el corazón con el sonido del timbre. Había ensayado al milímetro todo lo que le diría a Gonzalo. Preparó un discurso mental propio de un guión de telenovela. La puerta se abrió y vio la cara medio desafiante y confiada de Gonzalo, quien como si no pasara nada, intentó darle un abrazo y un beso en la boca sin éxito. El dichoso argumento que ensayó, colapso en la memoria de Luisiana y no supo que decirle. Lo miró a los ojos, nada más.
– ¿Qué tienes Luisiana?– preguntó Gonzalo en tono inofensivo y de falsa inocencia.
Ella enmudeció.
– ¿Por qué no contestabas el teléfono? ¿Dónde has estado estos días?
– …
– Dime algo.
– Entra Gonzalo. Te diré todo. No pienso quedarme otra vez sin hablar.
Se sentaron en el mueble grande como de costumbre. Ella al extremo contrario de Gonzalo, sentada sobre una de sus piernas y tapándose el cuerpo con un cojín.
– Gonzalo.
– ¿Qué Luisiana?, dime.
– Debes estar pensando que sólo estoy molesta porque te encontré muy cariñoso con Thalía en cafeta, pero esto es mucho más que eso. Mira, Gonzalo Fernández. Seré sincera. Tú me has hecho sentir que hay en mí mucho para dar, eso lo sabes más que bien; pero las cosas ya llegaron a su límite y a estas alturas ya sabrás lo qué te voy a decir.
Continúa...
No hay comentarios:
Publicar un comentario