Gonzalo la miraba quieto, muy calculador, midiendo cada gesto y palabra lanzada por Luisiana.
– Lo he pesado mucho, créeme, y la verdad pedí muchos consejos y ninguno me ayudó– continuó Luisiana–. Por eso lo que hice fue tomar sentido común de las cosas. Una persona está con alguien para estar mejor, Gonzalo, ¿no crees?
– Pero Luisiana, ¿de qué estás hablando?– replicó Gonzalo en voz alta mirándola fijamente, con los ojos muy abiertos y acercándose.
– No te acerques, ¡por favor!
– ¿De qué estás hablando? ¿Cuándo te he fallado? A ver dime alguna, siquiera alguna vez.
Gonzalo daba muestras de su cinismo. Tenía por una rara razón, la seguridad de que Luisiana no sabía de manera segura ninguna de las pendejadas que le hizo. Al menos que algún chismoso, maricón, haya aflojado la lengua; dudó Gonzalo de sus amigos.
– No vale la pena hablar de lo mismo Gonzalo, ya tomé la decisión de que esto se termine. ¡Ya no quiero estar contigo! ¡Voy a estar sola!
Casi logra exaltarse, pero ella retomó la calma.
– Me va doler porque te quiero mucho, más de lo que piensas; pero será lo mejor para los dos. Me lo vas agradecer con el tiempo – agregó.
– No digas eso Luisiana– insistió él–. Yo te quiero como no tienes idea. No me hagas esto ahora. ¿No me quieres a caso? o peor aún; ¡No me digas que te gusta otra persona porque lo mato!
Gonzalo se sorprendía a sí mismo de lo dicho a Luisiana, se daba cuenta que estaba muy celoso de sólo imaginar que a sus espaldas, otro estaría giliando a su chica. Además sintió que siempre la necesita a su lado, que ella es la razón por la que no sentía, aún, que su vida era un desastre; que por más pleitos amorosos, siempre disfrutó de la compañía y el amor de Luisiana. Pero ella no quería dar otra opción.
– No digas zonceras, Gonzalo. ¡Ya no te engañes por favor! Deja este juego que nos daña a los dos– seguía ella.
Gonzalo quiso decir más cosas pero no salió nada de su boca, se quedó literalmente con la boca abierta, no tenía como excusarse, como arreglar las cosas. Por primera vez se sentía sin salida y sin medios para cambiar el destino de su relación, como siempre pensó tener.
– Podemos ser amigos, no te preocupes, pero será poco a poco. No me pidas mucho – continuó ella –. Vamos a ser amigos, ¿ya? No me pidas que sea de inmediato porque no será así.
Luisiana empezó a explayarse como había querido hacerlo desde hace mucho y Gonzalo casi sin oírla empezó a recordar cosas en cuestión de segundos: momentos cuando la conoció; cuando iban al cine, a bailar, de compras, cuando reían, lloraban, fumaban, escuchaban música, compartían ideas, sueños, cuando dormían juntos. El tiempo se les pasaba en instantes y todo les parecía una maravilla; hasta que la duda y el miedo lo atrapó, descuidó la relación, dejó de lado algo que no había vivido antes, que era algo tan poderoso, tan único, tan raro, tan profundo.
Repentinamente su mente cambió para imaginar su vida sin ella, de hacer menores sus contadas alegrías. Se estremeció y asustó más.
– ¡Espera Luisiana! – interrumpió él de golpe lo que venía escuchando–. Hablemos bien del asunto. Sé que no he sido el mejor de los enamorados en los últimos meses, pero voy a cambiar, vamos a empezar de nuevo, a rehacer lo que siempre hemos sido. Quiero arreglar todo lo que hice mal, haré que tú y hasta tus amigas digan que valgo la pena.
– ¡Te das cuenta de lo que dices! Llevo meses pidiéndote lo mismo y recién me escuchas– vociferó ella botando el cojín que llevaba encima y poniéndose de pie–. Pero ya fue, no me pidas perdón; ya es demasiado tarde Gonzalo. No esperaré más. Sigue con tus movidas que ya no tendrás a nadie quien te este jodiendo. Ahora quiero que te vayas.
– No Luisiana, no me voy a ir.
Los ánimos de ambos estaban encendidos. Él sospechó que no lo dejarían de rechazar y hasta sintió ganas de sujetarla violentamente del brazo para no dejarla ir y ser escuchado.
Luisiana sintió miedo y sus ojos empezaron a brillar, pero mostrarse débil no era conveniente y se aguantó.
Antes de no aguantar más el llanto, le mencionó:
– Te enseño a perder, Gonzalo – y sus labios temblaron.
Gonzalo sintió que ella no iba a volver a ser la misma de siempre por más que notara que se esforzaba por fingir que no le afectaba el rompimiento; y la pena empezó a crecer para Gonzalo, tuvo ganas de llorar, más aún cuando vio los ojos de Luisiana al borde del llanto. Se sintió confundido, desesperado, tan raro que al no saber que mas decir quiso cambiarle los papeles, voltearle la torta. Fingió estar muy molesto a pesar de saber que lo que Luisiana pretendía era normal y justificado. Se puso de pie y se fue declarando: “Espero no sea tarde cuando quieras volver, Luisiana”. Salió de la casa con un portazo y se marchó; más molesto con él mismo que con ella.
Luisiana al fin soltó el llanto reprimido.
En la calle Gonzalo caminaba desorientado, sin darse cuenta que no seguía un destino. No le paso lo mismo anteriormente en sus relaciones. Siempre que una relación se terminaba para él, era una cuestión de mutuo acuerdo, con una razón concreta, hechos que eran el centro motivacional del rompimiento: un descubrimiento directo de infidelidad, celos obsesivos, frialdad, aburrimiento, rutina, amor unilateral. Pero esta vez era algo raro, que si bien él imagino llegaría el día, no imagino que fuera así y justo ahora, con Luisiana tan decidida, sin espacio para corregir nada.
Pasaron las semanas y Gonzalo no recibió rectificación de Luisiana como pensó, más bien recibió comentarios cachacientos de la existencia de un fulano que quería entrarle a Luisiana.
Continúa...
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