Tras la respuesta negativa de Luisiana, Renzo Bonelli acabó la conversación sonriendo en señal de tomárselo de la mejor manera, asegurando también que no cambiaría su cariño ni su generosa amistad. Siguió su camino convencido de no poder hacer algo más, una ligera sensación de poder ver mas allá de lo evidente le decía que Luisiana estaba poseída por un amor extraño y profundo por quien, a pesar de haberla tratado de mala manera, le causaba ese enorme sentimiento. Esas ironías de la vida, donde el sentido común es lo que menos sucede. Quizá era algo natural e inevitable ese tipo de cosas. Renzo no volvería a conocer a alguien como Luisiana por mucho tiempo, pero fue ella ya un recuerdo para cuando empezó a tener interés por la hermana de su amiga más cercana, pero no era su deseo comprometerse en lo absoluto. Quería él disfrutar sanamente su libertad, conocer a más chicas. Salía muy seguido y sin tomar la iniciativa conoció ciertamente a muchas. Con dos de ellas compartió besos inocentes que no terminaron en tocamiento ni mucho menos en sexo.
Los días que siguieron a esa conversación con Renzo; Luisiana meditó a escondidas y descubrió que en el fondo no tenía suficiente argumento para hundirse en su egoísmo y alejarse de su amado por cosas que muchos sabrían afrontar. No le encontró sentido a su añoranza de imaginar que nada puede mejorar. Tenía razón en protestar, pero no era suficiente para provocarse su mismo sufrimiento. Quizá le era mejor dejar de lamentarse y empezar actuar. Las relaciones cambian, evolucionan, y esa era una muestra clara. Gonzalo ya había mostrado su iniciativa y cierto entusiasmo interno la animaba, la pasión volvía a poseerla, sin ese desespero original ni esa angustia por no verlo como siempre lo hizo. Además se le hacía difícil adaptarse al frío de su ausencia. Y así, la posibilidad de perdonar a Gonzalo empezó a rondar en su cabeza. Tanto a ella como a él, el destino les había puesto una prueba para meditar sobre ellos mismos, sobre su relación y darse cuenta que en el amor no se puede forzar absolutamente nada, menos aún, el olvido. Pensó ella en dejar de lado todos los problemas emocionales y volver alimentar esa ilusión; una oportunidad que toda pareja sería capaz de darse. Esa actitud mejorada de Gonzalo le hacía entender con mayor claridad aquél refrán que escuchó tantas veces de sus amigas: “Uno no sabe lo que tiene, hasta que lo pierde”; y Gonzalo, parecía haber aprendido muy bien esa lección.
Entre tanto, ella decidió que si Gonzalo la buscaba nuevamente, ella aceptaría conversar. Mirando esas fotografías en la computadora, donde aparecían siempre juntos dándose muchos besos, calaron en su atormentado corazón y terminó convenciéndose de que aún nada estaba dicho, que esa historia de amor aún no terminaba. Se dedicó así a esperarlo, cada vez con más ansias y temor por lo que podría venirse. Y así, entre tanto esperar, los días se pasaron hasta raspar casi fin de año. Las clases llegaban a su fin y con eso el cumpleaños de Rodrigo, un gordito gracioso, amigo de ambos, parlanchín, de mucha chispa y buena onda. Tenía la costumbre de celebrarlo a lo grande en su casa frente al río. Ya en la esperada noche, no faltó absolutamente nadie. Todos ingerían alcohol copiosamente, se divertían hablando de las últimas hazañas o acontecimientos y sobre todo, de los planes de año nuevo. Gonzalo dudó en asistir, pero el gordito gracioso era muy amigo suyo como para fallarle. Te quiero ver ahí, le había advertido. Gonzalo premeditó la posibilidad de cruzarse a Luisiana, pero no sería problema si mantenían distancia.
Casi todo el rato, la pasaba solo, con visitas rápidas, de grupo en grupo, inquieto, poco conversador. Cuando llegó por cuarta vez a la barra a servirse un poco del whisky, notó la hielera vacía y, cuando repentinamente volteó para averiguar la ubicación de otra, se quedó helado como el mismo hielo que buscaba cuando se chocó con el rostro de Luisiana. Ella no dio muestras de sorpresa, parecía haber planeado estar ahí cuando el voltease. Se puso nervioso unos segundos como cuando pensó que era una imagen fantasmal que retornaba para hacerle la vida imposible, algo que le pasaba frecuentemente cuando pensaba mucho en ella, su imagen se le aparecía como ante una invocación. Ya más tranquilo, Gonzalo regresó a lo suyo dándole un sorbo al whisky puro mientras pensaba si debía hablarle o no, qué decirle o qué no decirle. Se dirigió a ella sin volver a mirarla.
– ¡Hola!
– Hola, Gonzalo, ¿Cómo estás? –dijo ella estirando la palma de la mano en su hombro ante la cara extraña de Gonzalo y con la otra alzaba una lata de Red Bull.
Era lo menos deseado por él esa noche llena de gente, dónde parecía que nada tenía ya sentido para estar ahí. Hubiera preferido toparse con el mismo diablo que con ella, que le había causado mucho daño con su indiferencia. Y ahora, como si nada, le estaba hablando y hasta mostrando cariño.
– ¿Qué pasa Gonzalo, te molesta verme? –siguió ella.
– No es eso, pero es muy incómodo verte y hablarte así de repente. Me he hecho la idea de no volver hacerlo.
– Nunca dije que dejemos de ser amigos.
– Ah, mira. Hola “amiga”, entonces –refirió Gonzalo con dosis de sarcasmo.
– ¿Amigos? –preguntó ella con un gesto y alzando las cejas en espera de aprobación.
– Cómo quieras, que nos queda. De todas formas nos vamos a ver siempre las caras, no podríamos repartirnos los amigos para que esto no suceda.
Su voz seguía seca y fría para demostrar indiferencia. Se reprimía fuertemente para no ceder, no ser vulnerable a la circunstancia. Era muy difícil, con el vestido gris que ella llevaba era inevitable mirarla, le queda hermoso, se decía Gonzalo, quisiera abrazarla y gritar que la amo y que nadie me joda.
– Me alegra verte, de verdad Gonzalo.
El no comprendía la actitud relajada de Luisiana. ¿Qué se traía?, pensó mirándola. Llevaba ella una cara de niña buena, mostrando tolerancia y ganas de conversar. Pero no dejaría llevarse está vez, siempre que lo hacía terminaba perdiendo mucho. Así que se armó de valor y siguió reprimiendo su querer.
– No te entiendo, Luisiana. Te alejas de mí y ahora me hablas como si nada. ¿O te ha hecho mal el Red Bull? ¡Las mujeres son tan raras! Mejor me voy. Va a sonar feo, pero no me hace bien verte, discúlpame.
– Gonzalo…–se quedó Luisiana con la palabra en la boca.
Ella no insistió porque entendía lo que pasaba. Debía haberlo imaginado, se dijo, era algo que se venía suceder. Tenía razón Gonzalo, y ella lo sabía. Así que decidió dejar que las cosas se calmen y esperar que sus conversaciones vuelvan de a pocos y sólo así confesarle que hasta estaría dispuesta a tomar una posible reconciliación. Con todo, le pareció inquietante la actitud arisca de Gonzalo, su afán de mostrarse resentido y orgulloso, serio e indiferente, la encendió, pero de pasión. En el fondo le gustó tanto esa actitud que le causó una sonrisita sarcástica a escondidas mientras lo veía alejarse.
Luisiana sin darse cuenta, se quedó contenta en la reunión, se reía con todos, pero nunca daba explicaciones a sus amigas, que sin dudarlo le habrían dado un sermón feminista para evitar cualquier acercamiento con su ex.
Continúa...

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