Busco emociones contándoles mis historias, las que me cuentan y las que imagino.

27 agosto, 2011

"Hasta que lo pierdes" Capítulo VIII



La noche estaba más fría de lo que Gonzalo esperaba. Un aire frío y húmedo le transitaba desde las piernas y transcurría por todo su cuerpo; un frío que serpenteaba por el abdomen y mordía profundo hasta la orilla de su resentimiento. Ni el cuerpo de Valeria, junto al suyo, mitigaba aquél castigo. No se habían relacionado sexualmente, para sorpresa de ella, quien premeditadamente lo llevó a su casa, aprovechando que la familia se tomaba un pequeño viaje al sur y la casa estaba a su gobierno.  Apenas, departieron algunos besos y cariños, pero también ratos de incomodidad y sequedad. Cuando Gonzalo reaccionó, varios minutos después, se acomodó a un extremo de la Queens Size y observó detenidamente su rededor, mudo. Valeria tocaba sueño.
Las paredes pálidas, un amplio espejo en el peinador, el clóset semiabierto, un poco desordenado, llamaron su atención. Observaba sorprendido la cantidad de botas, botines y toda clase de variantes de zapatos tirados en el suelo y en todos los rincones. Negras, beige, blancas, de cuero, de gamuza, altas, bajas. Pudo contar veinte pares antes de aburrirse. Imaginó así la vida liberal de su acompañante, donde seguro reinaba la moda y la coquetería; cosas muy ajenas y vanas para su Luisiana, cosas quizá triviales que nunca se esperarían de su ex amada.
Empezó a sentirse muy solo, el abdomen seguía quemando como un volcán macabro, pero vacío. Tragó saliva para calmar, pero sintió la garganta avinagrada. En el silencio, percibió ruidos que formaban parte, según él, de una conspiración secreta del más allá, que estaría tomando venganza. ¿Qué estoy pagando? No concilió sueño y se dirigió a lavarse el rostro. Curioseo los oleos y colonias que el tocador mostraba. Se tiró un chorro de agua caliente y, como en los viajes largos en el auto, como en el taxi, en la sala de espera de su padre, o en sus clases aburridas; sintió que entraba a un tiempo muerto con una soledad tremenda. Pensó en Luisiana. Quiso recordar fielmente su rostro y no lo consiguió. Era ella un recuerdo que, con las horas y su estado crítico, había perdiendo claridad. Con la frente pegada contra la pared, Gonzalo lloró, no lo pudo evitar, lloró como un niño, sintiendo un pánico que a pocos le fue acelerando la respiración, acarrando respiros de ansiedad y depresión. No soportó más y esa noche fingió recibir una llamada urgente, para escapar de esa oscura situación que lo atormentaba, y Valeria algo zombi y menos parlanchina que de costumbre, lo miró sospechando, como quien puede descubrir que lleva uno detrás de los ojos.
Los días siguientes Gonzalo no sería el mismo. No atendía las llamadas, se perdía las reuniones y fiestas del fin de semana, incluso los juegos de fulbito que tanto disfrutaba. No se le veía banqueando en el campus ni en cafetería; era extraño para todos verlo más de quince minutos en un sólo lugar; al punto de que nadie daba razón exacta sobre su ubicación cuando se le buscaba. A penas se le veía entrando y saliendo de clases como un visitador médico. Esa noche con Valeria descubrió que no tenía ningún sentido compartir su tiempo, su cuerpo y sus besos con otra persona, así sienta que su alma esté necesitada, la única forma de repararse era estando con Luisiana o totalmente solo. Ese desconcierto amoroso arañó en el fondo y los recuerdos de indiferencia de su amada mordían profundo, y con eso fue poco a poco olvidándose de la ansiada reconciliación, la dio por perdida. Se sentía como un hombre de nadie, perdiendo la acostumbrada y desenfrenada atracción por todas las mujeres. Le parecía irónico, esta vez quería amarla como nunca lo hizo, pero ella no, ahora no.
       El estudio para los exámenes aminoró de a pocos el dolor de Gonzalo, sus notas mejoraron y los profesores afables le dieron más oportunidades para subir su promedio. Pasaba más tiempo en su casa a extrañez de su familia y el trato con sus amigas dejaron de ser coqueteos genuinos para ser ligeras muestras de amabilidad y sincera amistad. Ya no tenía ojos para ninguna. Él era otro desde entonces, resignado y aceptando sus errores, sus actos imperdonables. Aunque nunca llegó a convencerse del todo, él sabía que terminar esa relación era lo correcto, más para ella, que para él. Sospechaba que el destino tomaba venganza, todo ocurría como un torbellino de cambios sustanciales e imprevistos que no soportó más y decidió cambiar, relajarse, no hacerse líos y tal vez a mejorar.
Luisiana, mientras tanto, se armaba de un orgullo sano y justificado. Varias veces movió la mano para tomar el teléfono y llamarlo, para saber cómo estaba, qué hacía, qué pensaba; pero no tomó riesgos, conocía claramente su propia debilidad para perdonar. Se dedicó de igual forma a estudiar, a sus amigas, a salir en grupos cada vez más numerosos y mixtos para relajarse y no pensar en la situación; pero aún así, evitaba las invitaciones de sus amigas a las salidas desenfrenadas que solían llamar entre ellas “noche de solteras”. Luisiana lo quería aún, era un esfuerzo poder alejarse de él porque su corazón aún estaba en su poder. Ella, como todos, había escuchado y notado el cambio de Gonzalo, al principio algo incrédula, pero de a pocos se fue convenciendo. Le agradó saber que él tenía la voluntad de aceptar sus errores, de pedirle perdón, de ingeniárselas para dar un giro a su imagen. En esos últimos días había demostrado más que en casi toda la relación.
Sobre Renzo, se convenció que no despertaría en ella ninguna nueva ilusión o algo que se le pareciese, sólo lo consideraba un tipo agradable y una muy buena compañía. Una par de veces Luisiana coqueteó con él cuando a lo lejos Gonzalo se dejaba ver, y ella se colocaba cada vez más cerca a Renzo para despertarle supuestos celos, pero era muy obvia esa patraña para Gonzalo. Renzo también notó ese jueguito peligroso mucho antes, así como lo difícil que sería quebrar ese pacto que aún existía entre Luisiana y Gonzalo. Sin embargo, no quiso dar sus intenciones por fracasadas, sin antes usar sus últimas armas, sería tonto no decirle al menos lo que pasaba por su mente en ese momento, mucho más aún cuando empezó a tenerle más cariño, ciertamente limitado, pero el cual podría tomar gran forma de ser alimentado de a pocos con su amistad, para despertar en ella un nuevo sentimiento. Era algo quizá muy difícil de suceder, pero no imposible.
Fue entonces que se atrevió un día a declarársele con escasas esperanzas positivas. Se lo dijo la noche que se juntaron a estudiar; Renzo ayudándola para un examen, se le puso en frente y manifestó tener algo que decirle.
Continúa…

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