Busco emociones contándoles mis historias, las que me cuentan y las que imagino.

05 diciembre, 2010

"Hasta que lo Pierdes" VI


Lo de gilear un tipo a Luisiana, era una exageración de la gente. Renzo Bonelli había contactado a Luisiana por Messenger tras encontrarse en Facebook. Intercambiaron conversaciones cortas, nada extraordinario. Se encontraron de casualidad en los pasillos del campus; él con audífonos del celular puestos, y ella con libros en mano. Cuando se miraron, se reconocieron fácilmente y a pesar de sentirse avergonzada, Luisiana se detuvo a conocerlo.
Ella encontró en Renzo un chico interesante con quien conversar y hacer cosas juntas. Al principió ella imaginó recibir directas insinuaciones y declaraciones típicas de un floro ya conocido y gastado por todos los tipos que ella conocía, pero la estrategia de Renzo era no mostrar mucho interés, no ser evidente, ser impredecible. A lo mucho se atrevió a confesarle lo bien que se siente estar cerca a ella, nada adicional. Con eso, Luisiana no sabía que esperar de Renzo, de quien reconocía una especie de juego del ‘tira y afloja’, al ‘sí y no’, al ‘puede ser o no puede ser’. Con ese sentido de las cosas, para ella no emergió algún interés afectivo; sin embargo, sí cierta inquietud de saber que se traía el destino con la aparición de este personaje, de este chico tan simpático en toda la dimensión de la palabra. De igual forma no tomó malintencionada su interés por conocerla; por eso, después de pasar algunos ratos en horas libres, nació para ella una amistad sincera e inofensiva.
El atractivo de Renzo también estaba en su sentido del humor y su hiperactiva manera de ser, de conversar. No dejaba de hablar nunca, tenía siempre algo que contar; y a pesar de haber sido educado con ideas conservadoras,  conocía muy bien como conquistar a una chica e inducirlas solapadamente a cometer pequeños excesos cuando de conquistar se trataba.
Gonzalo, mientras tanto, notó que lo dicho por Luisiana no era capricho ni broma. Lo del rompimiento estaba tomando seriedad. Durante los días que pasaron tras la conversación en su casa, la vio un par de veces caminando con sus amigas, pero había callado hasta entonces. Caída una tarde, Gonzalo dejó su gran orgullo de lado y como nunca, quiso dar la iniciativa de arreglar la situación sentimental. Entró al salón de clases de Luisiana, como si fuera un alumno más de aquel curso, se sentó a unos metros detrás y la llamó bajando la voz. Luisiana no se sintió en obligación de voltear la mirada ni obedecerle, por el contrario notó que ya no tenía algo que perder, sintió ciertos aires de libertad aunque por dentro estaba muriéndose por ver su rostro, de descubrir su mirada que de seguro debió cambiar. No recordaba haberlo visto tener esa iniciativa de entrar a su salón de clases para pedirle una conversación.
   Luisiana, ¿Podemos hablar? –insistió él.
            Ella callaba.
   No hagas esto difícil, amor.
            Luisiana hizo un gesto alterado que le juntó los labios en señal de molestia. Se sintió ofendida con la palabra ‘amor’. Ese sentimiento era lo que menos había demostrado con ella últimamente. Era una palabra que no le cabía ahora en el corazón.
   No me vuelvas a llamar así, Gonzalo –respondió al fin, aún molesta–. No soy tu  amor y no quiero hablar contigo ahora. Ya dije todo lo que tenía que decir y mejor  ándate que va llegar el profesor.
   Mejor hablamos a la hora que sales, ¿puedes?
   Lo siento, pero no puedo; me voy al cine. Además no tenemos de qué conversar. Olvídalo.
   Entonces voy contigo al cine.
   No me entiendes, Gonzalo. No me hables. Yo no quiero que conversemos hasta que pase el tiempo suficiente. Además ya quedé con otras personas para ir y que tú no conoces.
   ¡Qué!, seguro con el grupute de babosos, amigos del tal Renzo, ¿no?
   ¿Qué hablas? Con quien salga al cine, eso ya no debe importarte. ¿Sabes qué? Ándate por favor; necesito estudiar.
   Ya Luisiana, está bien, no te voy a molestar, pero sabes que tenemos que hablar, no podemos estar así todo el tiempo. Te extraño, ¿sabes?
               Fue entonces que Luisiana sí se sintió tocada con esta última frase y ahora sí se atrevió a mirarlo. Ella también lo extrañaba, pero al Gonzalo que fue antes, cuando la relación estaba llena de momentos buenos para recordar. Algo sentida, calló fingiendo estar seria.
    Y a ese maricón de Renzo ya me lo voy a cruzar a ver si me dice algo –finiquitó Gonzalo.
   Si no sabes nada, mejor ¡cállate! Sólo somos amigos. Ándate mejor. De repente tus amiguitas te están esperando. No voy hablar contigo.
            De maricón, Renzo no tenía nada. En la universidad varias chicas comentan sobre él. Cuando caminaba por los pasillos, recibía un desfile de sonrisitas coquetonas de parte de las chicas. Los hombres reconocían que salir con él era estar cerca a mujeres guapas; aún así, era él muy sencillo y carismático, no se creía ni más ni menos que otros. Consideraba que como él podrían haber muchos.
            Renzo nunca le tocaba el tema del rompimiento a Luisiana. Era una estrategia sutil, como el hecho de haber empezado a tratarla como una amiga más. No sabía si le iba a funcionar, pero de algo no se equivocó. Luisiana era para él un complemento ideal, lo que estuvo esperando.
            Esas dos semanas que pasaron después, Gonzalo seguía sin éxito tratando de conversar con su ahora ‘exenamorada’. No le entraba en la mente esa palabrita, le sonaba irreal, tonto, a una broma. Pero cuando se hundía en recuerdos de las últimas veces que anduvo con ella, descubría varias razones para empezar a entenderlo. Por eso, supo el porqué ella estuvo algo rara, incomoda, como si ocultara algo.
            Repetidas veces, Luisiana lo choteó, cada vez más convincente, delante de todos, celebrado siempre por sus amigas. Prácticamente toda la universidad se enteraba del rompimiento. Tomó una actitud hostil, pero ni ella misma se creía el cuento; su corazón, a pesar de su decisión, estaba acongojado, triste, consciente de que tardaría varios días, semanas y hasta meses acostumbrarse a estar sin él.
«¿Qué ha pasado con Gonzalito, hijita?», quiso curiosear su madre tras su notable y larga ausencia, pero no obtuvo nunca una respuesta. Luisiana callaba cuando no tenía claro sus sentimientos. Los amigos de Gonzalo recién tocaron el tema cuando empezaron a reconocerlo extraño, desanimado y torpe en las pichangas de los jueves.
   ¿Qué pasó con Lú, huevas? ¿Por qué terminaron? –interrogó Mario secándose el sudor con una toalla después del partido de fútbol.
   Nada. Anda caprichosa, creo. No sé que tiene. Ni siquiera me dice exactamente que le hice para terminar así de repente.
   ¡Anda, maricón!, te has portado hasta las huevas con ella. ¿Tú crees que ella no se entera de tus pendejadas? Se hace la que no sabe, pero es más viva que tú, zonzo.
   ¿Cuando? –interrogó Gonzalo aún sabiendo la respuesta.
   ¿Qué tú eres baboso? Y esa vez que nos fuimos a la represa con las primas de Chana. Y en semana santa en Punta Sal con las ecuatorianas. Y hace poco con la flaca del Queen’s Y esa…
   ¡Ya, broder!, párale. Pero se supone que ella no sabe nada. Además ella nunca me reclamó nada cuando pasaron esas cosas. ¿Tú crees que sepa lo del Queen’s? No sé, pero me siento hasta las huevas.
   ¿Hasta las huevas? Hasta las huevas jugaste todo el partido. Parecías un tronco. Hemos ganado sólo por la magia que tiene este pechito, nada más.
   ¡Ya, ya! ¿Qué te digo, Messi? ¡Anda por allá! Más bien apúrate para que me jales.
Gonzalo no aguantó más y esa misma noche, cuando Luisiana se disponía a entrar a su casa después de clases; Gonzalo apareció entre los Ficus de la entrada dándole un fuerte susto, que duró más cuando ya a la vista de sus ojos, cara a cara, face to face; Gonzalo le aseguró que no la dejaría ir así fácilmente, que hablarían sí o sí, pensando que su atrevimiento anticipaba una negativa.
Continúa...

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