Luisiana, con llaves en mano, no tuvo otra salida más que aceptar escucharlo.
– ¡Qué susto que me das! –vociferó ella– ¿No podías avisarme que venías?
– ¿De qué forma?, si has estado evitándome todos estos días. Tenemos que hablar. Ya dejémonos de tantas cosas, Luisiana. Hablemos de una vez.
– ¿Qué sucede Gonzalo? No hay mucho de qué hablar. Te dije que ya lo nuestro no daba para más –dijo ella con tono calmada dando muestra de que ahora sí estaba dispuesta a escucharlo.
