Luisiana, con llaves en mano, no tuvo otra salida más que aceptar escucharlo.
– ¡Qué susto que me das! –vociferó ella– ¿No podías avisarme que venías?
– ¿De qué forma?, si has estado evitándome todos estos días. Tenemos que hablar. Ya dejémonos de tantas cosas, Luisiana. Hablemos de una vez.
– ¿Qué sucede Gonzalo? No hay mucho de qué hablar. Te dije que ya lo nuestro no daba para más –dijo ella con tono calmada dando muestra de que ahora sí estaba dispuesta a escucharlo.
Ella presintió tener sus emociones bajo control, estar segura de que no daría marcha atrás en su decisión, que esa conversación no llegaría muy lejos. Quizá debía darle la oportunidad de escucharlo y definir de una buena vez todo y quedar como buenos amigos. Tomó una actitud neutral e infectada con una pequeñísima curiosidad por escuchar sus posibles excusas.
Él le propuso conversar en un sitio más adecuado, dónde nadie los interrumpiera, asegurando que no les tomaría mucho tiempo. No estaba preparado para la conversación de una supuesta reconciliación, se había dejado llevar por el eco de su angustia, por la corriente de sus emociones. Pero Luisiana no aceptó moverse, mas lo invitó a entrar y sentarse en la banca que adornaba el gran jardín de la entrada. Tras avisar en casa de su presencia y dejar su enorme bolso de estudio, que más parecía un saco por sus dimensiones; Luisiana regresó a sentarse junto a Gonzalo.
– ¿Cómo estás? –comenzó él.
– Yo bien, Gonzalo, ¿y tú?
El silencio interrumpió y en el aire se podía escuchar el crujido de los viejos algarrobos de la calle resistiendo ráfagas de viento.
– Creo que mejor iré al grano.
– ¡Mejor!
– Luisiana, ¿qué está pasando?, algo me ocultas y no me lo dices. ¿Por qué de pronto me dejas, sin mucha explicación, como si lo nuestro fuera algo vano?
– ¿Ocultar? Esa pregunta debería hacértela yo.
– ¡Pero dime! Necesito que me aclares la razón por la que no quieres que sigamos juntos. Tú sabes que no he estado del todo bien en mi casa, estoy por jalar dos cursos, no son mis mejores días, quiero que me entiendas, no he querido hacerte nada que te hiciera daño.
– Gonzalo, daño, me lo has hecho tú desde hace ya un tiempo. Si he callado tanto tiempo es porque no quería separarme de ti, pero esto no esta bien. Yo sé las cosas que tú has hecho a mis espaldas. Piura es chiquito, dónde menos piensas hay alguien que me conoce y saben que eras mi enamorado.
– ¿Qué es lo que te han dicho? –interrumpió él sorprendido.
– ¿En serio quieres que te lo diga? –preguntó ella con mirada fija y desafiante.
– Hablemos con la verdad, Luisiana.
– Okay, Gonzalo. Sé de cuando te fuiste a Mancora o Punta Sal, no recuerdo bien, que estuviste con Mario y unas chicas de lo más cariñosos y besándose. Y no me lo niegues porque me lo dijo alguien de mucha confianza para mí.
– ¿Quién te dijo eso? –replicó Gonzalo nervioso, haciéndose el desentendido.
– Alguien que me hizo prometer no delatarlo. También sé cuando te fuiste al cumpleaños de Chana y desapareciste con una chica y no sé quienes más a no sé dónde ¿Me vas a decir que no? Eso fue la noche que estuviste primero conmigo, aquí exactamente y me dijiste que te ibas a tu casa. No sé cuantas veces más hiciste eso ¿Por qué Gonzalo?, ¿Por qué? ¿Por qué me has mentido siempre?, ¿Acaso me merecía eso? No dije nada por temor, no sabía que hacer, algo cegada seguro, pero ya fue, es mejor estar así.
Luisiana pegó la mirada al suelo, sintiendo la misma rabia que sintió cuando le contaron esos sucesos amargos.
– Luisiana, está bien, no te voy a mentir, y es que no sé que me pasó…
– Entonces es cierto, ¿no? Tuve la esperanza de que no fuera cierto, de estar envuelta en una pesadilla.
Gonzalo quedó mudo, se sintió entre la espada y la pared, sin alternativa. Pero supo que mentir no le traería ningún beneficio, por el contrario, se quemaría toda posibilidad de reconciliación.
– Sí Luisiana, lo acepto, ya no quiero mentirte…
– Eres un imbécil, ¿sabes?
– Lo sé, soy un imbécil, el más imbécil de todos.
– ¿Por qué lo hiciste? –le repitió ella en tono melancólico, dispuesta a escuchar las respuestas que siempre quiso saber.
El se armó de valentía y le dijo que había entrado en pánico porque empezó a quererla demasiado rápido, porque sintió que todo era demasiado bueno para creer que eso duraría mucho, que lo que hizo fue huir como un cobarde, manipulado por algo muy intenso que no podía controlar. Pero que siempre la ha querido, y ahora lo hace mucho más. Aseguró haberse sentido muy inseguro, con miedo a dejarse llevar por sus sentimientos, a enamorarme hasta el tuétano, y sufrir como me le pasó antes.
– No creas que siempre fui así. A mí también me fallaron, ¿sabes?; también me fueron infiel. Sí, créelo; y nunca te lo conté porque me daba vergüenza –terminó de confesar Gonzalo.
Luisiana se sorprendió, se salió de cuadros escuchando de Gonzalo algo que nunca imaginó. Sintió cierta pena por él que le hizo apaciguarse, cambiar de esa actitud hostil en la conversación. Ahora se mostraba sosegada y permisiva ante la cara triste que Gonzalo mostraba soltando esas palabras sinceras, aliviado de librarse de ese nudo emocional que cargaba desde hacía mucho.
– ¿Por qué no lo dijiste antes? De igual forma, eso no es razón para hacer lo que hiciste. Me hiciste sentir siempre una tonta, Gonzalo. No sabes las cosas que tuve que soportar de la gente, tuve que negarme ante mis amigos y amigas que sin otro ánimo que mostrarme su cariño, me pedían que me alejara de ti.
– ¿Todavía me quieres? –objetó Gonzalo abruptamente todavía nervioso, con la voz algo quebrada.
– No me preguntes eso.
– Sé que me quieres, y por eso te detuviste, porque tenías el valor de enfrentarte con todos. Por eso yo estoy aquí arrepentido, pidiéndote que me perdones, que me des una oportunidad, siquiera una. Dime si me quieres, Luisiana. Dime si me sigues queriendo con esas fuerzas locas con las que yo te quiero a ti.
Luisiana no supo que decir, ceder no era el camino que prefería. De pronto, fueron interrumpidos por los maullidos y ronroneos de Tintín, el gato de Luisiana, quien se escabulló entre las piernas de Gonzalo, en muestra de afecto. Esa mascota fue el regalo que él le hizo por el quinto mes de relación. Gonzalo lo tomó de cuello hasta su regazo y lo acaricio tiernamente ante la curiosa mirada de Luisiana. Era difícil no conmoverse por la forma en que lo apachurraba; y le hablaba al pequeño felino como si lo entendiera. «Tú si me quieres, ¿verdad, Tintín?», le preguntaba frotándole la barbilla y el lomo al animal.
Gonzalo se mostraba apenado, pero puso una cara exagerada para hacerse ver como alguien a quien deberían recoger de lo más oscuro del universo.
– Sí, Gonzalo, sí te sigo queriendo –interrumpió débilmente Luisiana, escondiendo la mirada, como si estuviera en un dilema entre el arrepentimiento o el orgullo por lo confesado–. No lo puedo negar. Sé que en el fondo no eres mala persona, sólo que no sabes ser un enamorado de verdad, perdiste de vista el camino correcto.
– Yo también te quiero Luisiana, es más, ¡te amo! Eres la única persona por la que puedo ser feliz. Dame una oportunidad, te prometo que será todo muy diferente.
Luisiana hacía rato había perdido el control de la conversación. Su inicial seriedad se esfumó de pronto para olvidar de a pocos el conflicto interno que la embargaba. Percibió un aire como en los mejores momentos de la relación. Imaginó lo que pasaría si aceptara perdonarlo y retomar la relación en ese preciso instante. «Quizá ya aprendió la lección. Al final de cuentas es la primera vez que terminamos así. De repente es una prueba de fuego para los dos». La confusión se adueñó de sus pensamientos.
Gonzalo notó su actitud relajada y muy oportuna para sus intensiones. Se acercó lentamente para tenderle la mano y acariciar suavemente sus mejillas, mientras Luisiana relajaba el rostro en sus dedos suaves, reconociendo su piel, su olor. Cerró ella sus ojos como recibiendo algo que retornaba a su cuerpo y que tanto había extrañado. Él se acercó mucho más y antes de que los pequeños ojos de su amada se abrieran, le juntó los labios a los suyos. Luisiana hizo un mínimo e insuficiente esfuerzo por rechazarlo con sus manitas. Recibió el beso, un gran beso, uno que duró mucho, una eternidad, perdieron en el ritmo del tiempo, del espacio; dónde nada podía interrumpirlos, ni los arañazos que Tintín le daba al suéter de Gonzalo
Después de un prolongado ósculo, Luisiana lo retiró salvajemente en un arranque de lucidez, regresando de ese letargo desmedido, insospechado e inapropiado. Gonzalo hizo lo mismo con el gato.
– ¡No Gonzalo, no! No puedo perdonarte. Hiciste algo imperdonable. Yo ya lo decidí, esto no da para más. Me dejé llevar por la costumbre. Este beso no significa nada para mí. Olvídalo.
Luisiana con eso trató de excusar su desliz, tratando de cubrir su debilidad. No encontró muchas razones y mucho menos una salida, pero como si sus amigas le soplaran al oído, se le ocurrió afirmar algo que de seguro le daría resultado.
– Además, quiero que sepas que me gusta otro chico –le dijo dejando unos breves segundos de silencio para ver la reacción de Gonzalo–. Nos estamos sincerando, ¿no?; así que es mejor que lo sepas de una vez.
Esto último le salio de mentira, era una patraña que hubiera querido con muchas ganas que sea cierta, vivirla para evitar los fantasmas de un pasado amoroso y tormentoso que ella quería olvidar.
Sobre esto último, Gonzalo no tenía la certeza. Le cayó como agua fría, era lo que jamás se imaginó escuchar de Luisiana.
– No me mientas, lo dices para evitarme –insistió él dudoso e incrédulo.
– Si quieres, no me creas. Quiero ser sincera contigo, eso es todo. Me gusta alguien que es un buen chico y me trata muy bien. No te diré más.
Gonzalo sospechó que se refería a Renzo Bonelli, pero no estaba del todo seguro. Refutarle algo a lo que ella tenía derecho sería una mezquindad, una conchudez, una pérdida de tiempo. Sí que sintió rabia, una que le recorría por todo el cuerpo como un golpe eléctrico, pero quedó en silencio y fingiendo entender aquella actitud y decisión.
Luisiana se apresuró a irse sin la menor despedida, dejándolo a solas y asomada a hurtadillas, asomó el ojo por la ventada para verlo marcharse inmutada a decir o sentir algo.
Así con esa hostil conversación, en esa noche le siguieron una serie de sucesos contrarios. Los celulares apagados, lo comentarios romanticones ahora borrados del Facebook y las extrañas fotografías de sus salidas cada vez más sonriente; tomaron por sorpresa a Gonzalo cuando ya estaba en su casa. Y otra vez la duda, el temor, el orgullo se apoderó de él.
Sus amigos, como todos los fines de semana, estarían celebrando todos por ahí, en la calle, bares y discotecas, pero él sin más remedio que el aislamiento, se retuvo. Percibió una gran soledad, no sólo por la indiferencia que había en su casa, sino también por no tener con quien desahogarse. Le salieron repentinamente unas lágrimas que limpió rápidamente de sus ojos, que le hicieron saber que estar en su casa no le traería ningún consuelo. Tenía que escapar de alguna forma.
Algo furioso y sin salida, recordó aquel mensaje de texto de Valeria, con quien tuvo una fugaz aventura hacía unas semanas. Revisó los mensajes de la carpeta oculta en el celular y ahí lo encontró. Quería reencontrarse con ella con el ánimo de sólo conversar, de despejar su mente, de escuchar algunas gracias que alguien tan divertida como Valeria podía ser capaz de hacerle. La llamó dudoso, marcando lento pero profundamente las teclas del móvil. Sonó el auricular y no tenía respuesta. Un poco apurado por colgar y olvidar el asunto, escuchó algo.
– ¿Aló?
– Aló, ¿Valeria?
– Sí. ¿Quién habla?
– Hola Valeria. Soy Gonzalo, ¿me recuerdas?
– ¡Ah!, Gonzalo. ¡Claro! ¿Cómo estás? Qué sorpresa. Te me habías perdido.
– Bien, aquí, acordándome de ti ¿Qué haces?
– Estoy en el Baby Shower de mi prima, Cinthya…
– Me gustaría verte –la interrumpió.
– ¡Ya, chévere! –respondió Valeria en tono sorprendida–. Por mi, excelente porque esta reu está muy aburrida.
Continúa...

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