Luisiana, en cafetería, no derramó lágrimas después del abrazo de Gonzalo. En sus brazos no se sentía la misma niña, pequeña, mimada de siempre; sintió cierta aversión por él. Internamente lloró de imaginar que de un arranque esa discusión definiera la separación. Permaneció quieta ante el apretón de Gonzalo, con la mirada seca, sin amor. No le calmó el mal ánimo ni le correspondió. Decidió no seguir reclamándole cansada de los mismos líos que se fue sin decir más e irse sin dirigir palabra ni a Gonzalo ni a Thalía ni a sus amigas, a nadie. Se marchó con la mente aturdida, muy confundida con sus sentimientos.
No era la primera vez que Gonzalo tomaba las cosas como si nada. Desde el inicio ella siempre toleraba ese tipo de cosas. Quizá por su paciencia o inocencia. Pero el tiempo no había pasado en vano y los consejos de sus amigas parecían, ahora sí, surgir efecto.
Ya lejos y a solas, ella se hizo muchas preguntas a las que obviamente no encontró respuesta: « ¿Por qué me pasan estas cosas a mí?, ¿De qué sirve hacerme siempre la ciega?, ¿Por qué estoy enamorada de él?, ¿Será mejor estar sola?»
Ella distinguió que ya no era la misma de siempre. Perdía la inocencia a causa de sus locas amigas. Se conocían desde el colegio y eran casi todas de la misma edad; Estando la mayoría libres de pareja, se sentían en derecho de tomarse las libertades que eso ameritaba, de hacer muchas locuras y dejarse llevar por las más insospechadas tentaciones.
Cuando alguna tenía una aventura amorosa o algo interesante por contar, era un deber casi religioso contarlo a todo el grupo. No era necesario hacer un juramento de sangre para saber que nadie diría nada. Se reunían horas y a la mayoría se le daba por hablar principalmente de reuniones, fiestas, chicos, chicas odiosas, de cursos difíciles y cada vez más frecuentemente de sexualidad.
«Alucinen que mi mamá casi me encuentra en manoseos con Diego en la sala, ¡Qué miedo! Me latió horrible» –contaba Lorena, que siempre abría este tipo de conversaciones–. «A mi me pasó algo parecido – continuaba Marcela–. En mi cuarto, con Jorge, estábamos viendo tele y se le ocurre besarme acá arriba. Mis viejos estaban en el cuarto de al lado. Después de un rato haciéndolo, mi vieja quiso entrar y la puerta felizmente estaba con seguro, Jorge se escondió debajo de la cama y le tuve que decir a mi mama que ya se había ido hacía rato. Fácil no me la creyó, sólo me miró raro –reía Marcela–. Creo que notó que yo estaba sin brasier. Pero si me paltié» –. «Últimamente Iván me anda insinuando para besarme abajo –continuó Lorena; pero no, me da cosa, ¡Qué asco!». «Debe ser buenazo –interrumpía bromeando Ximena; y todas reían.
« ¿Y quién es ese chico con el que andabas en la biblioteca, Vanesa? –, continuaba Ximena – con esa cara de mosca muerta que te manejas, te la sabes todas. Así me han dicho» –«No seas sapa»– contestó Vanesa mientras todas siguen el tema a carcajadas.
Todas así hablaban de hombres, sexualidad, de amores, desamores; burlándose, riéndose y aconsejándose. Como bromeando a decirse verdades.
Luisiana apenas había experimentado dos posiciones sexuales con Gonzalo por eso siempre se sonrojaba cuando, más por fuerza que de voluntad, le tocaba contar algo. No era como sus amigas tan suelta y arrebatada, nada experimentada; pero el escuchar experiencias ajenas, alimentaba su conocimiento en muchas materias.
Entre todas se vieron reír, llorar por malos enamoramientos, problemas familiares, se ayudaban en la universidad –incluyendo las pasadas de copia– y se defendían entre ellas. Por eso no era raro que a Gonzalo no le gustara que Luisiana pare siempre con ese grupo de chicas. Le traía según él, mala espina.
Ella valoraba mucho esa unión y sentido de amistad que tenia con ellas, pero esta vez no quería hablar con nadie. Si tenía que tomar una decisión, tenía que hacerlo sola. «No hay nada más importante que ser una mujer decidida», le mencionaba siempre su padre cuando rara vez conversaban.
Esa noche del viernes no contestó las llamadas de Gonzalo. Se arrojó a la cama acurrucada con un peluche gigante que usa como almohada. Le puso alta voz a su mp3 y escuchó música suave. Por su mente pasaron recuerdos de tiempos en afanes con Gonzalo, cuando le dijo para ser enamorados, cuando lo hicieron la primera vez en Colán. Pero su rabia acumulada ya la había hecho reventar y no cambiaba por nada. Recordó también las veces que encontró a Gonzalo con mujeres muy cariñoso, los mensajes raros que recibía cuando estaba junto a él, las miradas de complicidad con chicas en las fiestas, los comentarios de la gente y muchas cosas que ella pasaba por alto fingiendo no darse cuenta.
Apagó la música y pensó: «ya es hora de dejarme de tantas tonterías, tengo que hacer algo, pero ¡ya!».
Se levantó de la cama y bajó a la cocina a tomar agua. No tenía más sueño y quería dejar de pensar en Gonzalo. Vio la puerta del estudio abierta y se le antojó encender la computadora. Entró al Messenger y encontró contactos cuya mayoría eran conocidos que vivían en otros países: «Un viernes a esta hora, todos deben estar juergueando». No saludó a ninguno, así que decidió entrar al Facebook. No pudo evitar ver fotos antiguas con Gonzalo, las últimas de sus amigas, la de su viaje de promoción en el colegio no hace mucho y otras cuantas más. Cuando vio las invitaciones de nuevas amistades, encontró una sola, la de un tal Renzo Bonelli. Su fotografía lo enfocaba de perfil con una gran sonrisa. Luisiana siempre estuvo acostumbrada a no aceptar invitaciones de desconocidos, por voluntad y por exigencia de Gonzalo. Acercó el puntero del mouse al cuadro de “ignorar” cuando de repente la detuvo una curiosidad sana. «¿Quien será?», y salió del Facebook sin aceptar ni ignorar.
Regresó a su habitación y pensó en muchas cosas por mucho tiempo hasta casi llegar la mañana y quedarse dormida de cansancio y de tanto llorar.
Esa noche Gonzalo no salió para poder recuperar el sueño de la noche anterior. A la mañana siguiente, se levantó casi al medio día, se embutió tres panes con jamón y queso y tomó yogur del frasco. Se dio un baño, defecó y fue como renacer. Recordó que no había visto a su enamorada desde aquella discusión en la cafetería y que no se habían comunicado hacía ya varias horas.
Salió a caminar por las calles de su casa en Santa Isabel y al rato tomó un taxi. Quería darle una visita sorpresa a Luisiana.
– ¿A Miraflores, por el parque Quiñones? – preguntó al taxista.
– Tres luquitas.
– ¿Dos cincuenta? –regateó.
– Sube.
En el camino bajó la luna del auto para refrescarse con el viento. Su cabello castaño, algo largo, temblaba con el viento; muy relajado él. Rato después recibió un mensaje de texto.
“La pasé mostro contigo, Gonzalo. Sería chévere volver a verte. Este es mi número porsia. Besitos. Valeria”
Gonzalo extrañado, pero el mensaje era claro para saber que se trataba de la chica del Queens. No recordó en qué momento le dio su número, cosa que nunca hacía, pero Valeria se las había ingeniado para conseguirlo esa noche, seguro mientras dormía. De inmediato puso eliminar mensaje, y el celular le pidió confirmar:
«¿Eliminar mensaje? Sí-No».
Dudó. Antes no había sido infiel donde incluya sexo ocasional. Las veces que lo fue eran lo que él definía como “choque y fuga” que no pasaba de besos y abrazos, pero se confesó a él mismo que sí lo había disfrutado al igual que Valeria, pero le jodió saber que le costaba muchísimo cambiar y serle fiel a Luisiana. Pensó cinco segundos mirando el celular y presionó en “No” borrar mensaje y movió el mensaje a una carpeta de mensajes ocultos.
Llegó a casa de Luisiana y tras tocar varias veces el timbre, nadie salió. La llamó al celular y sólo recibió respuesta de la odiosa voz de la operadora de Claro: “Este es un mensaje de claro. Si desea, deje su mensaje en la casilla de voz”. Lo mismo pasó con las alertas del Nextel. Gonzalo se estaba enfureciendo. Nunca antes ella había tomado esa actitud, nunca lo había rechazado de esa forma. Sin embargo estaba confiado de que se le pasaría la rabia a Luisiana.
Mientras tanto, Luisiana estaba soleándose con su familia y Patty en el Country Club, conversando sobre lo que ella había pensado y decidido durante la madrugada.
– ¿Qué has pensado hacer, Lú?–, preguntó Patty.
– He pensado mucho, dando vueltas mil veces. Casi ni he dormido.
– Se nota. ¡Tienes una cara! Parece que hubieras estado de juerga.
– ¡Anda, zonza!, sabes que yo no soy de juerguear. Sin bromas, he pensado que todas ustedes tienen razón, Patty. Gonzalo se ha vuelto un patán, no sé porque me hacía la loca. Quizá porque estoy enamorada de él, pero ya no aguanto Patty, ese huevón se porta hasta las huevas conmigo. Ya le aguante muchas pendejadas. La verdad que me va costar hacerlo pero lo mejor será que termine con él.
Todo lo dijo con mucha seguridad y elocuencia, que Patty se sorprendió de cómo hablaba su mejor amiga. El andar con ellas la habían hecho ver las cosas de otra forma y hasta conversaba como ellas. Ya no era la cachimbita cojuda que pensaron cuando recién la conocieron en la universidad. Luisiana estuvo apunto de lagrimear después de lo dicho, pero las dos fueron interrumpidas por la voz de la madre de Luisiana.
– ¡Vengan chicas para almorzar!
– ¡Ya vamos! –, respondió Luisiana mientras se secaba rápidamente las pequeñas lágrimas que le brotaban en los ojos.
Continúa...
1 comentario:
asi que ésto escribes? claro que se parece a la realidad de cualquiera... serás Gonzalo?no conocía tu faceta de escritor, pero si que me llama la atención, suerte Carlitos,saludos...cuidate
Publicar un comentario